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Juntas nos sostenemos: mujeres que migran y se reconstruyen

Grupo multicultural de mujeres migrantes
Grupo multicultural de mujeres migrantes © Ana Paola Martinez

💌 Carta enviada al periódico

''He sostenido y me han sostenido muchas mujeres a lo largo de mi vida''. Esa primera frase, de por sí, da cuenta de que abajo de nosotras hay un vacío inmenso y desconocido al que nos sentimos propensas a caer.

Y bueno, encima de nosotras está un ya bastante conocido techo de cristal que juntas estamos derribando: levantando banderas, escribiendo historias, bordando memorias, empacando maletas, empezando de nuevo.

Cuando me vine a vivir a Países Bajos, hace un año y dos meses, antes de llegar empecé a buscar amigas por Internet. Me daba miedo no tener amigas y sentía la necesidad de anticiparme a esa ausencia. Encontré algunas personas en esa búsqueda, pero me tomó más tiempo llegar aquí que darme cuenta de que lo que podíamos ofrecernos entre nosotras no respondía a la búsqueda de cada una.

No olvido la primera vez que salí a conocer una ciudad holandesa con alguien de mi país. Nos habíamos visto un par de veces, cual cita de Tinder. Ella ya llevaba varios años viviendo aquí y perfeccionando su nivel de inglés para crecer laboralmente.

En mi caso, yo me he enfocado en aprender holandés. Así que la pena al usar el idioma la dejé en Colombia, y el inglés, por cosas de la vida, quedó en pausa. Esa vez, cuando dije un par de cosas en holandés al mesero del restaurante, mi posible futura amiga hizo gestos claramente burlescos sobre mi “verschrikkelijk” holandés.

Yo pensé: “Mierda, pero el mesero me entendió. ¿Cuál es el problema de pasar la pena?”

Recuerdo también que, mientras caminábamos por las calles de esa hermosa ciudad, yo a veces me quedaba en silencio admirando y agradeciendo eso tan maravilloso que mis ojos estaban viendo. En el fondo me decía: estoy viva, estoy aquí. Pensaba también en cuánto me gustaría que mi hijo, que eligió quedarse en Colombia, viera eso tan bello que yo tenía la fortuna de conocer.

La reacción de mi posible futura amiga fue un “¿Todo bien contigo?” que, más que abrazarme, me hizo sentir fuera de lugar. Éramos dos personas con experiencias válidas, en momentos distintos de nuestras vidas, y quizá yo tampoco estaba lo suficientemente preparada para ofrecerle lo que ella necesitaba. No estábamos destinadas a sostenernos; la distancia que establecimos dejó claro, con respeto, hacia dónde iba cada una.

Entre las actividades de integración de las que participo aquí, soy voluntaria en un grupo multicultural de mujeres migrantes. La mayoría de asistentes son mujeres de Siria, Irán y Afganistán. Soy la única hispanohablante.

¿Qué quiere decir eso? Que mi único salvavidas entre esa veintena de mujeres es el holandés.

La primera vez que este círculo de mujeres me vio, hubo muchas preguntas sobre quién soy. La euforia de ser la nueva. Las siguientes veces, me sentía como si estuviera en una mesa a la que no me habían invitado. Esas sesiones semanales de hora y media se me hacían eternas. Veía tanta complicidad entre ellas, tanta camaradería en su lengua materna… y yo me sentía como “mosco en leche”.

Pero desde un día cualquiera, sin que nadie lo documentara en un acta, empezaron a aparecer señales de que esa aceptación tácita había llegado: un apretón de manos; un cumplido; contar sobre un problema casero, reírnos, llorar y plantear posibles soluciones; comer juntas una rica torta hecha por una de nosotras en casa.

Mirarse a los ojos y recordarnos que nos tenemos, aunque nuestras banderas, religiones, geografías, costumbres e idiomas sean distintos.

Esta y otras experiencias como mujer migrante me han hecho entender que los espacios de sororidad y ocio terapéutico nos dan fuerza y aliento para sostenernos en este nuevo mundo que ahora habitamos. No existen porque sí: responden a desafíos profundos como la discriminación, la violencia de género y el acceso limitado a lo esencial.

Cuando hay voluntad de apoyar estos espacios y de acompañar a mujeres que por fin nos sentimos a salvo, no solo se facilita la integración: se salvan vidas.

Una de las cosas que más me ha costado poner en palabras es lo que antecede a mi llegada aquí. Fui víctima de violencia intrafamiliar durante muchos años. Antes, cuando alguien me preguntaba por mí, me refería de inmediato a eso, aun sabiendo que solo era capaz de presentar un esqueleto, un bosquejo, la punta de un iceberg que me atraviesa. Era como si tuviera que dar primero mi “reporte criminal”, sin ser yo una criminal. Era una reacción casi que involuntaria.

Como parte de mi proceso, sin darme cuenta, mi carta de presentación se ha ido modificando mientras transito por esta cultura tan distinta a la mía. Me ha recordado que eso que pasó no tiene nada que ver con quién soy yo como persona. Eso no me define. Es un acápite de mi vida, pero no mi hilo conductor.

Otro relato que intento interiorizar es el que demanda cada viaje de visita a mi país. Cuando las amistades inquisidoras me sobrepasan con preguntas como:
“¿Ya tienes trabajo? ¿Cuánto ahorras cada mes? ¿Vives arrendada o en casa propia? ¿Tú conduces el carro? ¿Eres una esposa trofeo? ¿Sigues siendo tan ingenua como cuando te fuiste?”

Además de respirar profundo y esquivar las balas, recuerdo que no visito mi país para reportar el tipo de vida que llevo aquí. No todo puedo ni debo permitirlo. Yo puedo interesarme en mis amigas sin necesidad de clavarles puñales con cada pregunta, y también puedo aceptar que hay amistades que, si miro en retrospectiva, ya cumplieron su ciclo.

Yo creo que cuando somos mujeres migrantes, sostenernos mutuamente libera, nos actualiza esa “carta de presentación” que tenemos sobre nosotras mismas. La experiencia de migrar no debería hacernos sentir en competencia ni obligarnos a mirar todo el tiempo lo que pasa en el patio ajeno.

Cada quien migra, trabaja, materna, ama y vive distinto. No nos darán estrellitas por aprender un idioma más rápido que otra, ni hay una medida en la que debamos encajar. No somos menos por lo que estudiamos, por cómo trabajamos, ni por las historias destacadas con banderitas de países en Instagram o los grupos de WhatsApp que administramos. Llevar más tiempo viviendo la experiencia migrante no nos hace superiores ni a los recién llegados menos capaces. Borremos del mapa ese pódium imaginario.

Ser mujer nos da la libertad de ser, de equivocarnos, de crecer a nuestro propio ritmo. El reto es mayor cuando lo hacemos lejos de todo lo que por años nos acompañó.

Que sean más las mujeres con las que hagamos hermandad y cercanía; que sean más las mujeres para las que podamos convertirnos en un lugar seguro. No dejemos de sostenernos.

Por Ana Paola Martínez de la Ossa (Periodista colombiana)

📣 Llamado a la comunidad:

En este 8 de marzo queremos que más voces formen parte de esta conversación.
Si eres mujer migrante en Países Bajos y quieres compartir tu historia de integración, desafíos, maternidad, trabajo, identidad, duelo o reconstrucción, escríbenos aquí.

Tu experiencia puede convertirse en el sostén que otra mujer necesita hoy.

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